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Frenesí (cuento)

Los objetos se le movían, burlones, delante de la cara. Se le burlaban los vasos, las sillas, las paredes, la luz que atravesaba, pálida, las cortinas; se le reían murmurando, ronroneando, las zapatillas en el piso y las lámparas del techo. Él estaba quieto, mordiéndose los labios, resistiendo la explosión de sus nervios. Se encorvaba, tembloroso, sobre sí mismo, ocultándose en su propio cuerpo, y las cosas se le echaban encima, aplastándolo, cerrándolo sin fisuras ni resquicios a todo lo heterogéneo a sí mismo. Hablaba despacio y repetía algo parecido a un sortilegio, una palabra prehistórica, más allá de toda definición y categoría, y desde ahí, pedía perdón, con esa palabra, palabra primitiva que lo golpeaba seca y sorda, pedía perdón por sí mismo, todo girando sobre sí mismo, hasta que ya no quedaba nada fuera de él, y todo se volvía él, y se llenaba de vergüenza; ahí estaba él, en todas partes, como un Narciso deforme arrojándose al agua lisa, quieta e indiferente. Se ahogaba ahí, en el agua que no podía ver ni lo veía a él, el agua que deforma el mundo estable, detenido por el contraste del movimiento desesperado y frenético que le transmitían sus nervios reprimidos. Recordó un lamento lejano que emitía él mismo desde esa cualquier otra cosa que no fuera el todo que era él mismo, que se extendía por las repisas, el escritorio, el televisor y las botellas vacías en el piso de la cocina. Se desnudó, se quitó la piel y la carne, se arrancó los velos oscuros que eran sus ojos llorosos y se quedó ahí, quieto, delante de sí mismo, lleno de impotencia y desánimo.

Se levantó despacio para no despertarse y verse y deternerse en el momento de salir al balcón y aferrarse al hierro frío de la mañana. Miró hacia abajo, desde donde subía un rumor indefinido, sin voces y tan humano como las multitudes. Vio miles, en movimiento líquido y denso, arrastrando todo a su paso, como el agua atraviesa un laberinto, sin dudar, cubriendo todos los caminos. Se arrancaban unos a otros el erizarse de su piel ardiendo en un latido difuso, y expandiéndose con el calor vivo que dejaban sus huellas en el asfalto, se abría la ciudad, asustada.

Lo veía todo, y nada de lo que había sido -y había sido todo- quedaba en pie. Era temprano, pero ya no lo sabía. Había pasado la noche, quedaba detrás de él, todavía agonizando en el aire quieto y confuso de su cuarto, y la luz del día llegaba tarde, y apática se alejaba hacia las sombras que aun dormían en las entradas de los edificios, debajo de los autos y en la arquitectura imprecisa de los árboles. Permaneció ahí, en silencio, viéndolo todo, alimentándose voraz de todo lo que no era él, hasta llenar todo su cuerpo, satisfecho de mundo, extasiado por el movimiento de los hombres. Tensó el cuerpo, dio media vuelta y salió de su departamento.

Se quedó por un segundo al borde del delirio, que lo rozaba con su ropa húmeda, lo atravesaban los chicos tironeados por mujeres exaltadas, alegres, lozanas, confundidas, hombres torpes de movimiento sin dirección definida, viejos sonrientes que se aferraban al vértigo de los empujones anónimos y sin malicia que se escabullían entre la inconstancia. Algo murmuraba, crecía al lado de cada uno, familiar como la creación espontánea con la que se sorprenden los que pasan despreocupados de todo, irresponsables de todo, quitándose la responsabilidad de encima y arrojándosela al resto, que hacía lo mismo, jugando con el peso de las cosas. Se dejaba llevar, todos hacían lo mismo, se dejaban llevar sin importar hacia dónde. Sus rostros alegres contrastaban con la alarma que producían en esos seres serios que colgaban de los balcones, como sentenciados por la risa y la locura. Les hacían señas, les gritaban horrorizados discursos enteros que nadie alcanzaba a oir, un drama representado en las fachadas de los edificios, que se avegonzaban de su tétrica exposición. El calor aumentaba, el sudor se transmitía de cuerpo en cuerpo, las luces amarillas sobre los cruces de las calles temblaban por el golpe de los pasos y el cono de su luz representaba aquel temblor hinchándose y contrayéndose.

Pasó un tiempo indeterminado, más cercano a las horas que a los minutos, y la extenuación no calmaba la euforia masiva que se contagiaba a lo largo de cuadras y cuadras. Pegó unos fuertes saltos mientras caminaba, para poder ver a lo lejos, por sobre la columna de hombres. A la distancia, parecían agolparse, acumularse hasta formar montículos histéricos, centenares de miles de cuerpos, y la columna avanzaba, ciega, alegre. Otra vez los saltos los hacía de lado, para alcanzar, en los cruces de calles, las paralelas y corroborar lo que sus sentidos y unos rumores lejanos, escalonados en volumen, le hacían presentir: en decenas y decenas de calles sucedía lo mismo, se arrastraba la ciudad entera, la humanidad entera. Y todo terminaba allá, a lo lejos, en ese espacio abierto que debía ser una plaza y ahora un cúmulo latente al que se accedía como a un ídolo y crecía nutriéndose con la masa indistinta de mínimos seres infinitos. Las luces de la plaza ya estaban cubiertas por quienes querían treparse a sus columnas y luego por quienes se trepaban sobre los primeros, hasta cubrirlas casi por completo, de manera que la luz se filtraba con indecible esfuerzo por entre los cuerpos hasta escapar, quebrada, fragmentada, rojiza. Se trepaban a los árboles, a los edificios, a todo lo que pudiera elevarlos un poco más, más allá, para poder ver, o simplemente sin saber porqué.

Todo era confusión al llegar, todo era calor y delirio. Podía sentir a través de todos los sentidos, los suyos, pero también los de otros con los que se confundía, los sentidos plenos y ardientes de todos, que se perdían en los suyos y le hacían perder por momentos la conciencia. Era todo, no se distinguía ya de nada ni de nadie, se perdía en sí mismo y en todos. Recorrió la plaza con la mirada, los ojos le ardían, como el resto de su cuerpo, y todo se parecía a sí mismo.

¡DIOSA!

¡Esta diosa sobre la tierra,

acaba de contar que fumaba dos atados diarios! … ¡como yo! … ¡y que dejó de fumar el 31 de diciembre de 1988, a las 12 de la noche! … o sea ¡a los 35 años! … ¡y yo tengo 34! Este año, el 31 de diciembre de 2011, a las 12 de la noche, después de fumarme hasta el cactus que tengo en el balcón – y créame, lector/a, es un cactus enorme – , siguiendo el ejemplo, que para mí es ley fundamental, de mi diosa, líder, conductora y segunda jefa espiritual de la Nación … ¡dejo de fumar definitivamente!

Sigamo’ el debate

Cuando hablamos de los procesos de polarización política en referencia a la Argentina actual, dejemos las cosas bien en claro: no tengo diferencias con lo que piensa desparejo (de ahora en más, por lo menos en este post, Gerardo Pignatiello, amigazo de quien escribe, Marcos Xicarts). En este país y en este momento, existe una fuerza que dividió y divide aguas, hace las olas e inunda la historia. Es una fuerza que organiza un conjunto de actores políticos y sociales que, más allá de su adscripción sincera al proyecto kirchnerista, terminan por encuadrarse porque no tendrían capacidad de generar ningún tipo de concenso por fuera del armado que conduce Cristina. El sentido político en la Argentina de hoy tiene, si bien no creadores – nadie medianamente sensato le pediría esto a un líder – , formadores indiscutibles y estos son los Kirchner. Pero la Argentina no es un conjunto de tipos y tipas (ocserven la corrección política) que viven y miran la Tierra desde fuera. Nuestro proceso es nuestro y está al lado de otros que nos interesan, porque la gran mayoría de los que somos kirchneristas también somos, al menos, sudamericanistas, sanmartinianos, bolivarianos, etc. Y no podemos decir alegremente que lo mejor de lo mejor es el bipartidismo y no decir nada más. Porque entonces nos encerramos en nuestra propia historia nacional, y pensamos que nuestra manera es la fórmula para encauzar todos los procesos políticos transformadores. Vivimos en Sudamérica, nos interesa Sudamérica, nos interesa entender qué pasa acá, como Patria Grande que todavía no es, pero queremos que sea. Y en esta patria extendida las polarizaciones políticas recientes no han venido de la mano de bipartidismos consolidados. Para dividir aguas, crearon fuerzas políticas nuevas. Por supuesto, polarizar significa dividir en dos. Así pelean los seres humanos cuando se trata de decidir qué rumbo debe tomar la sociedad en la que viven. Yo no sé si da para formulación universal, creo que sí, creo que sobre esto habría que leer un poco más a Carl Schmitt, que esto lo tenía bastante claro (y por favor, no empecemos con eso de que no se puede leer a los tipos jodidos). Pero si pasamos, sin problematizar, de defender la polarización política a la defensa del bipartidismo, entonces, ¿cómo ocurren los cambios históricos? ¿qué pasa cuando, en un país con un sistema de partidos tradicionales que agotaron su capacidad de generar consensos, surgen liderazgos que, en el momento en que surgen, no pueden ser sino terceras fuerzas – más allá de que, si triunfan en sus objetivos, van a volver a polarizar la sociedad – ? En ese momento y respecto de ese país, ¿defendemos el bipartidismo?

Esto que planteo no me parece de ninguna manera un aspecto menor del debate político en Sudamérica. Si realmente pensamos que en un futuro no tan lejano vamos a ser una unidad política, entonces seguramente también queremos, si surge una nueva fuerza política en un país de nuestra región, postularnos sobre el tema. Y ahí es donde surge la cuestión: ¿qué defenderíamos en ese caso? ¿La polarización o el bipartidismo? Porque en ese caso, en ese momento, esos dos términos no significarían lo mismo.

Y ahora los dejo con estas preguntas, y yo sigo escuchando Luzbelito, que es un discazo.

Sobre bipartidismos.

Esto que escribo acá surge de la lectura de un post de María, de La barbarie, que colgó en Artepolítica. No pretende ser una crítica a lo dice ella, porque estoy de acuerdo con casi todo lo que escribe ahí. Es un disparador para pensar qué queremos decir cuando defendemos la idea del bipartidismo.

La polarización del escenario político a la que forzó el kirchnerismo nos lleva a muchos a vincularla con la división más clásica que llamamos bipartidismo, aunque este esquema institucional no necesariamente se vincula con una confrontación que divida el campo de las fuerzas sociales. Pero el bipartidismo, tal vez en la mayoría de los casos, como por ejemplo en los Estados Unidos de las últimas décadas, no pone en juego cambios en la estructura económica y social. De acuerdo con que potencialmente los partidos en disputa, dentro de este esquema, pueden encarnar movimientos contrapuestos respecto de qué tipo de organización social y económica se lucha por instaurar, y por esto, en cuanto sofisticación de la acción política, algunas veces sea preferible a la dispersión propia de las sociedades latinoamericanas. Pero también hay que pensar que en determinadas situaciones en las que las fuerzas transformadoras se encuentran atomizadas el proceso de construcción que implica reunirlas sea más interesante que la apelación a las fuerzas políticas tradicionales. No habría PT en Brasil ni Frente Amplio en Uruguay (más allá de las dudas que muchas veces nos generan), no habría Chavismo en Venezuela, si no se aceptara que fue necesario atravesar un período de articulación de fuerzas populares opuestas a las polarizaciones tradicionales, que en esos momentos ya no canalizaban alternativas reales de poder. Claro, acá tenemos Peronismo, y entonces, muy seguros de nosotros, generalizamos diciendo que lo mejor es un sistema partidario construido sobre la base de dos partidos fuertes con una capacidad de convocatoria amplia. Y yo acuerdo totalmente con este planteo, a condición de no considerarlo una declaración de principios.

La cuestión a la que quiero llegar es esta: una cosa es defender el bipartidismo en determinados períodos históricos, en determinados países, por el esclarecimiento político que permite alcanzar en la sociedad, por la estabilidad institucional que permite llevar adelante transformaciones sostenidas sin peligros de rupturas que sólo retrasan el desarrollo, y otra cosa es decir que es la mejor alternativa a secas, y sobre todo, describir terceras fuerzas como sustancialmente rígidas en lo ideológico o necesariamente personalistas, o ambas cosas a la vez (algo que no deja de parecerme un poco confuso).

A mí, las polarizaciones que me interesan son las que implican divisiones vivas, por así decirlo, del campo social, esas fases históricas de construcción política que describe Laclau con su idea de populismo, en la que la articulación y movilización de un conjunto de demandas sociales no integradas plenamente al sistema de partidos termina por polarizar el campo social. Pero de aquí no surge defender el bipartidismo como fórmula excluyente de la acción política.

Orgullo, y más que orgullo, alegría

Una  parte de la realidad de lo que soñamos que sea la Argentina dentro de algunos años:

Yo viví en Bariloche desde los siete años hasta que me vine a estudiar a Buenos Aires, y la verdad, pocas veces extrañé los pagos del interior como hoy. Me acuerdo de cuando un par de amigos de la primaria me contaban cómo sus viejos se iban a (creo, no sé si me acuerdo bien) Libia para trabajar en un reactor, y yo sentía una emoción enorme por imaginarme a tipos que vivían ahí, cerca de mi casa, viajando por el mundo, haciendo algo con lo que delirábamos con otros amigos que alguna vez haríamos, o algo parecido, no importa qué, pero se podía.

¡Qué impresionante estos tipos!

Sobre el paro de Micheli

El paro realizado por la CTA de Micheli pone en práctica su peor faceta, el comportamiento propio de la izquierda tradicional de nuestro país, dentro de la que se formaron varios dirigentes de la central. Se pone de manifiesto en su delirante lectura de la realidad y su maximalismo para enfrentarla, en la incapacidad para reconocer la oportunidad para llevar adelante medidas de protesta y en ese velado afán por mediatizar la política, que no es otro el objetivo ni los medios para alcanzarlo. ¿Cómo entender que un paro con decenas de cortes, entre los que hay que contar el puente Alsina y el puente La Noria, La Ricchieri y la General Paz, se haya convocado “porque hay chicos pobres, trabajo precarizado pueblos aborígenes a quienes les robaron sus tierras”, según palabras de Micheli que con alegría recoge Clarín, y sin embargo, muchos de los que formamos parte de la central, porque somos afiliados a algunos de sus gremios (ATE, en mi caso), nos hayamos enterado casi como si fuera una noticia de último momento? No viene nada mal, por esta razón, citar un párrafo del comunicado que publicó la lista Azul de ATE en referencia al paro:

 

En general un paro nacional es precedido de asambleas, paros parciales, paros de gremios, paros de ciudades, etc. Con programas o pliegos reivindicativos bien discutidos por la base. Trabajando bien las alianzas con otros sectores del campo popular. No existió ninguna de estas instancias intermedias, para garantizar su masividad, eficacia y acatamiento. Una medida de fuerza de carácter nacional debe tener todo este trabajo previo, sino es de carácter puramente testimonial y burocrático. En la lucha no se puede reemplazar a los compañeros por aparato.

El comunicado completo se puede leer acá.

Sorprende el enorme contraste entre la importancia de los motivos del reclamo y la total improvisación de la medida, y siempre es síntoma de lo banal de la acción gremial, la despreocupación y la irresponsabilidad con la que se abusa de la herramienta más cara y más fácilmente bastardeable que tiene el sindicalismo.


 

 

 

Paka-Paka, la comunicación pública y el sentido común

Una de las ideas más sugestivas que surgieron de la entrevista con Cielo Salviolo, directora de Paka-Paka, que tienen acá, al ladito, en el programa de radio al que dimos comienzo el miércoles pasado, se refiere a la diferencia entre políticas públicas de comunicación y estrategias de medios. La distinción, hecha por Salviolo, pone en juego uno de los problemas paradigmáticos de esta época: la ampliación de la frontera social de lo que se considera espacio público. Y cobra aún más importancia en tanto esta época viene precedida por unos ’90s que se caracterizaron por la reducción de ese espacio impulsada precisamente desde el poder público.

El caso de la señal Paka-Paka es ejemplo de un conjunto de iniciativas comunicacionales que, vistas desde algunos años atrás, hubieran sido consideradas por la mayoría una intervención estatal en la vida social ilegítima y alarmante. Por el contrario, el que fuera una década atrás sentido común es ahora una posición desde la que se confronta, y a medida que esta confrontación recrudece, se desnaturaliza como imagen de la realidad, con lo que se supone que es correcto decir acerca de la realidad. El sentido común que antes daba por sentado que la comunicación era un bien de consumo y, por lo tanto, que pertenecía al ambito de la economía privada, hoy en día es posible reconocerlo como un discurso de reivindicación sectorial. Por supuesto, esto no es lo mismo que decir que toda nuestra sociedad de hecho piensa esto, pero sí que la mayoría reconoce la comunicación como un lugar social disputado, en donde hay diferentes posiciones y, por lo tanto, no hay ideas consolidadas y aceptadas naturalmente.

Las partes, la unidad y el liderazgo

La relación entre el gobierno y la CGT comienza en los inicios de este período político y está fundamentada en una decisión acerca de cuáles debían ser los pilares de un proyecto nacional y popular. Una de las más profundas convicciones de Néstor y Cristina fue y es la redistribución del ingreso a través del trabajo, que los llevó incluso a dudar por un largo tiempo acerca de medidas también progresivas en este orden, como la AUH, porque no respondía a aquella lógica de inserción laboral. Los trabajadores representan desde el inicio la base de sustentación del modelo kirchnerista. La institucionalización de las disputas laborales a lo largo de estos años da prueba de esto. La corriente moyanista dentro de la CGT, aparecía en los comienzos del gobierno de Néstor como el único actor de peso en el mundo laboral para asumir de manera sostenida las confrontaciones económicas y políticas que implicaban la adopción de un modelo distributivo basado en el desarrollo industrial dirigido, principalmente, hacia el mercado interno, lo que suponía, a su vez, un mayor poder adquisitivo de los trabajadores. Los dirigentes cegetistas que secundaron al menemismo no podían (ni querían) hacerse cargo de ese papel, y una CTA sin gran incidencia en la economía privada no podía ofrecer una alternativa real.

La recuperación del trabajo en todas sus formas (desarrollo industrial, mejores condiciones laborales, más y mejores instrumentos de negociación, recuperación del salario, planes de capacitación) fue la pieza fundamental del imaginario de esta época, y sigue siendo el principio ordenador del modelo de desarrollo y el significante unificador de su discurso político.

Las advertencias de la presidenta a los sectores sindicales que la acompañan no se salen de este paradigma ni ponen en duda el entramado de fuerzas que se consolidó a través de estas ideas. Tampoco creo que cuestionen la legitimidad de que los trabajadores participen de la construcción y gestión del proyecto. Son la reafirmación de que el liderazgo sólo puede ser político y que ninguna fuerza sectorial puede, como tal, asumir una función de conducción nacional. La construcción y control de organizaciones sociales y sindicales y la construcción de liderazgo político siguen lógicas distintas. Sólo el consenso forma liderazgo, y en lo que hace a consensos, entre Cristina y Moyano hay una distancia abismal.

La capacidad de la CGT de intervenir en la política es inmensa. Cuenta con un conjunto de herramientas, que se crearon durante este período político, que le permiten ser un factor de peso en la macroeconomía, en el estado de conflictividad social y en la organización política que sustenta este gobierno. Su capacidad de movilizar multitudes quedó demostrada en varios actos político-sindicales de estos últimos tiempos. Incluso, en plena sintonía con el ejecutivo y en relativa calma con el resto de las partes del frente, genera adhesiones o al menos simpatías desde los sectores progresistas. Difícilmente se pueda decir, en cambio, que tenga capacidad para construir amplios consensos sociales de manera autónoma. En este sentido, su poder es fuertemente dependiente de la relaciones al interior del frente político, sus demandas y propuestas alcanzan legitimidad en la medida en que se sintetizan en el liderazdo de Cristina Kirchner. Sin esta mediación, la CGT forma parte de lo que se llama comúnmente los poderes fácticos: aun cuando – y esto es discutible – tenga aceptabilidad al interior del mundo laboral, en la discusión mayor, a nivel político nacional, necesita fundirse en un armado propiamente político para alcanzar incidencia en la gestión y la planificación del estado. La inserción en el PJ bonaerense y el pedido de inclusión en las listas a diputados provinciales y nacionales son estrategias, en este sentido, esperables en su voluntad de proyección política. La presidenta no puso en duda lo esperable de esta conducta sindical, sino que impugnó las pretensiones de conducción de los dirigentes de la CGT.

La presidenta planteó que si los sindicatos no son solidarios con resto de los actores sociales, es decir, si no existe responsabilidad respecto de los intereses de otros sectores y del país en general, se transforman en corporaciones. Es decir, los sindicatos solidarios son aquellos que están comprometidos con un proyecto que los supera y les atribuye una responsabilidad. Son solidarios porque se enmarcan en un espacio político que los relaciona hacia fuera de lo sindical. De lo contrario, si sus intereses gremiales son los únicos que los movilizan, entonces pierden su carácter político, su condición de parte de un proyecto de unidad nacional. Cristina expresó que para superar el sesgo corporativo de la acción de los trabajadores y para actuar en el orden político, deben aceptar que ella es la unificadora de las fuerzas que forman este proyecto, porque no sólo es la presidenta de la nación, también asume la función de conductora política.

Esta característica también puede aplicarse, con todas las enormes diferencias que por otro lado existen entre ellas, a las agrupaciones kirchneristas y a los movimientos sociales que acompañan a Cristina: la posibilidad de que jueguen en la vida política nacional pasa por formar parte de una fuerza política que los unifique y les otorgue un sentido social general. Aisladamente, son artituladores de espacios parciales, formadores de militancia, representantes de intereses y distribuidores de beneficios, organizan sentidos públicos y son fuerzas de sustentación, pero no generan consensos nacionales. Esa es una función reservada únicamente al líder político.

Sobre hegemonía kirchnerista … otra vez

En varios lados – que no recuerdo bien y bien puede que no sean tantos – leí acerca de una característica del populismo, que me parece esclarecedora respecto del kirchnerismo. Se trata de una doble relación con el pasado: una ruptura con el pasado cercano y una fuerte voluntad de reconocerse en tradiciones políticas del pasado – relativamente – lejano. Dicho así suena muy lavado, despojado de todo contenido ideológico, pero es interesante la idea, porque refiere a un intento de que la propuesta despegue de la realidad inmediata y entre en la esfera de lo histórico. Las acciones realizadas desde una formación política que se posicione de este modo están insertas en un marco de sentido que supera la interacción con las otras fuerzas políticas. Discute con épocas enteras, con identidades generacionales y nacionales. Frente a ella, las otras fuerzas parecen – y en muchos casos realmente están – dedicadas a las políticas de camarillas y del espectáculo mediático, a las pujas entre vanidades personales o a la desnuda ambición de poder. Entre una y otras se presenta un salto de sentido, como si no estuvieran confrontando en el mismo orden de cosas.

En este planteo está involucrada una idea que se viene manejando en el debate público y a la que nos venimos refiriendo desde este solitario taburete de opinión, que es la idea de hegemonía. Una política populista que marque este tipo de rupturas, pone en discusión, aceptándolas o rechazándolas, políticas del pasado en tanto constituyeron una identidad nacional y crearon y consolidaron principios básicos sobre cómo intervenir en la vida pública y manejar los asuntos del Estado. No es tanto discutir como poner en duda los términos de la discusión.

La respuesta opositora conservadora a esta voluntad de ruptura frecuentemente hace explícita esta intención, denunciándola como una ruptura de las reglas del juego: la imprevisibilidad en el orden económico, la subestimación de las formas republicanas en el orden político. No confrontan con el kirchnerismo con otro imaginario político, no sería propio, para quienes pretenden sustentar el paradigma liberal-conservador, transformarlo en un arma de combate. Fueron sentido común, lo son todavía en gran medida, y desde esa posición confrontan. Sus ideas no son propuesta, son las bases indiscutibles a partir de las que se hace política. Y este es también su defecto: en la medida en que no se está dispuesto a poner en discusión las bases, no hay revisionismo posible, y esto a su vez impide rearmar una posición política conservadora revitalizada, con un proyecto alternativo, que permita estabilizar el sistema en ese tan ansiado bipartidismo que desde este blog esperamos como si se tratara de una utopía. Miren qué poco pedimos.

La hegemonía de Cipol

Hace unos días leía, en el blog El agente de Cipol, un post en el que se decía que en el análisis político argentino todavía sigue vigente, con una importancia exagerada, el concepto de hegemonía. Se argumenta ahí que si lo que se quiere es analizar los factores constitutivos del predominio político, la hegemonía es sólo uno de ellos y, en varias etapas históricas, no el más importante. Otros factores a tomar en cuenta deberían ser, de acuerdo con ellos, el uso de los aparatos estatales, la formación de coaliciones políticas, los climas de opinión.

En relación con el predominio político del kirchnerismo, los de Cipol ponen en duda que la construcción ideológica sea el elemento de mayor peso. Dan como ejemplo de esta idea dos de las alianzas fundamentales de este gobierno: la CGT y los organismos de derechos humanos. Para Cipol, estos son actores con idearios e intereses preexistentes que no se modificaron sustancialmente por entrar en coalición con el kirchnerismo y, por esto, no se puede decir que se haya creado una relación hegemónica.

Este análisis me hace plantear algunas preguntas: ¿cuáles son los actores de este escenario político? ¿El “kirchnerismo” es un actor distinto e independiente del actor CGT? ¿Es distinto del conjunto de organismos de derechos humanos que sostienen la gestión pública? ¿Las ideas políticas de la CGT no se vieron modificadas por su relación con el kirchnerismo o son parte constitutiva de su programa? El histórico consenso trabajado por las Madres de Plaza de Mayo durantes décadas, ¿no forma parte de las ideas con las que se quiere intervenir en nuestra sociedad y con las que se espera consolidar un sentido común? Si hablamos de relación hegemónica, ¿debemos buscarla entre un actor independiente “kirchnerismo”, que hegemoniza, y otros dos actores, CGT y organismos de derechos humanos, hegemonizados, o en cambio, entre el actor político “Gestión pública-CGT-ODHs” y el resto de la sociedad? Estas preguntas se pueden sintetizar en una sola: ¿cuál es el actor político “kirchnerismo”?

Existe una idea bastante extendida que dice que hay algo que se llama “kirchnerismo” que es diferente del PJ, la CGT, los ODHs, los intendentes del conurbano, los gobernadores, la mayoria de los movimientos sociales, etc. Como si el kirchnerismo fuera Cristina y La Cámpora, cosa que, por supuesto, debilita mucho al actor político Kirchnerismo.

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