No hay Plan (B) Colombia

Continuaremos la ofensiva sostenida contra los grupos al margen de la ley. Reforzaremos en especial las labores de inteligencia de las Fuerzas Militares y la Policía Nacional, de tal manera que se minimicen los costos humanos y financieros y se maximicen los resultados.

Al parecer, acá reside un poco el problema de Mockus. No pudo escapar a la lógica que logró imponer Uribe con la Seguridad Democrática. La idea de una “continuidad” en el plano de la seguridad, pero con el sello personal de la honestidad en el manejo, no motivó lo suficiente a los colombianos como para ajustar un poco más los números de cara al ballotage.La poca diferenciación está presente en los slogans. A la Seguridad Democrática, el Partido Verde propuso “Legalidad Democrática”.

Sin embargo, hay otro elemento importante que explica la casi segura derrota de Mockus. Es el armado político. Cuando la noticia del día siguiente a la primera vuelta no fue la de intentos sucesivos de Mockus por tratar de sumar alianzas, sino la de Mockus rechazando sistemáticamente el ofrecimiento de alianzas que le llegaban por izquierda, la cosa parecía decretada. Es otro caso de partido de opinión (y van…) en la región. Hay un sabor antipolítico en toda la propuesta de Mockus. Su compañero lo dice claramente: “Es una política del partido no hacer acuerdos  con partidos, sino buscar una alianza ciudadana, porque esto en buena medida es una muestra del rechazo a las prácticas de la política tradicional y esta es una de las grandes diferencias de Antanas Mockus  con Juan Manuel Santos.” Hay un rechazo y una demonización de estructuras partidarias y una valoración de los ciudadanos sueltos, libres, no organizados.

El honestismo+continuidad de Antana Mockus, que se traduce en “Seguridad democrática pero sin corrupción”, hace acordar al honestismo de la Alianza del ’99: Convertibilidad con transparencia. Y en algo más se parece a la Alianza y al Frepaso: ser meramente un partido mediático sin armado de bases. No cuenta con militancia salvo una circunstancial, meramente electoral (a propósito ¿cómo pensaba Mockus gobernar con todas las organizaciones de base creadas por el uribismo, que por otra parte, logró politizar a ciertos sectores populares, claro que hacia la derecha? y peor ¿cómo pensaba gobernar sin estructuras propias?) y rechaza así porque sí todo tipo de alianzas para sumar mayorías por el simple hecho de que no había un acuerdo ideológico al 100% o vaya a saber uno que otra causa aun menos seria que esa. Por otra parte, se pone seriamente en duda la vida del Partido Verde después de la esta segunda vuelta como construcción de una mayoría que pueda ser en el futuro una nueva alternativa de gobierno.

Pero por sobre todas las cosas, y esto es lo que más deshaucia porque a la hora de pensar en posibles alternativas al uribismo, a Mockus parece no importarle mucho PERDER.

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Publicado el 7 junio 2010 en Uncategorized y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. El día de ayer, Mockus se presentó ante sus simpatizantes con las siguientes palabras: “les habla el rey de los autogoles”. Puede sonar divertido, despertar algunas sonrisas en sus abatidos seguidores, incluso ser leído casi como una declaración de poética política; pero el mensaje es claro: Mockus es absolutamente conciente de los errores que comete y parece disfrutar de ellos. No hay que olvidar que su salto a la popularidad se dio a través de una serie de acciones como mostrar el trasero a una furibunda asamblea estudiantil en la Universidad Nacional de Colombia, realizar su matrimonio en un circo, o el lanzar un vaso de agua a un candidato contrincante en una pasada elección. Todas estas conductas lo convertían en un “político no tradicional” un candidato “no político.” Los gestos últimos de Mockus sirven para consolidar esta imagen, pero han representado un costo muy alto para Colombia. Lo que se jugaba en estas elecciones era crucial para derrotar una forma de gobierno construida en torno a la figura del “soberano mafioso”, para revertir una articulación nueva del Estado, donde las diferencias entre las organizaciones criminales y las instituciones de gobierno se diluyen; no era el espacio para una exhibición de gestos quiza originales pero ininteligibles para los electores.
    La candidatura de Mockus despertó una reacción inédita en Colombia: la gente pensó que era posible vencer al Uribismo y sus maquinarias político-criminales. Mockus no fue capaz de responder a el deseo real que surgió -desorganizado e impreciso pero existente- de amplias capas de la sociedad colombiana. Ante todo, no quiso asumir un discurso anti-uribista, se presentó como un continuador de las principales políticas de Uribe, pero reformuladas de una forma honesta. Extraño que este filósofo no se diera cuenta del oxímoron: lo que ha caracterizado al uribismo es el logro de sus objetivos a través de alianzas entre grupos políticos tradicionales y estructuras criminales -conocidas inicialmente como paramilitares y luego como Bandas delincuenciales emergentes- para ejercer un sólido control político de las regiones y llevar a cabo verdaderas labores de expolio de recursos públicos. La más clara demostración de esto lo brinda el alto número de parlamentarios de la coalición oficialista que están detenidos o investigados por su relación con los grupos de extrema derecha. Investigación que fue posible gracias a la acción de una Corte Suprema de Justicia que ha resistido como ninguna otra institución en Colombia las presiones y acosos del uribismo. Mockus se negó tan siquiera a mencionar esto: la honestidad que predicaba no llevaba nombres, no acusaba a prácticas específicas, no hablaba de responsabilidades penales de quienes durante ocho años han realizado turbios negocios y alianzas con grupos responsables de crímenes de lesa humanidad.
    Es decir, el “honestismo” de Mockus responde a un deseo abstracto de “hacerlo bien” en una sociedad que se ha caracterizado por la corrupción y la trampa, pero sin indicar, a partir de un programa político definido o de una estrategia precisa. Mockus expresa un malestar que no toma forma en una opción de gobierno, por eso las bases que consiguió tocar en un momento, muy pronto se movieron, bien a la derecha, hacia un uribismo que activó todas sus maquinarias o bien, hacia la izquierda, hacia un partido como el Polo Democrático que demostró una gran claridad política a lo largo de la campaña, al formular, una y otra vez, un programa que cuestionaba las estructuras mismas del uribismo.
    Y es ante el crecimiento del Polo Democrático donde Mockus vuelve a hacer una de esas piruetas que tanto le gustan y que lo sitúan como un “raro”, como un impredecible: el Polo Democrático en cerca de tres ocasiones intentó llegar a un acuerdo programático con el Partido Verde de Mockus. En un acto de madurez poco común en la izquierda colombiana, estuvieron dispuestos a brindarle su apoyo y su creciente presencia en las urnas sin pedirle prebendas burocráticas a cambio. Pero Mockus se negó por lo que el llama “compromiso con la ciudadanía” y su deseo de hacer una campaña distinta a la de los partidos tradicionales. Pero si la política no consiste en construcción de alianzas, en acuerdos programáticos, en suma de voluntades en torno a algunos puntos comunes, ¿en que consiste entonces? Rechazar a una izquierda que viene trabajando para distanciarse de la inútil insistencia en la lucha armada de las guerrillas colombianas, y ha logrado crecer significativamente en el último año es un signo más de la inutilidad de los “políticos no políticos”, que responden más a exigencias mediáticas o a sentimientos colectivos transitorios que a organizaciones políticas definidas. Mockus no se alía con partidos, no busca apoyos gremiales o sindicales, no se dirige a los intereses específicos sectoriales: le habla a una “sociedad” a una “ciudadanía” que no toma formas concretas. Es decir, de una manera “ilustrada” vacía la política de sus sujetos. Con distancia filosófica se aleja de las “bajas pasiones políticas” y contempla con mirada irónica su propia derrota. Pero cuando se juega el destino de una nación -y en el caso colombiano esto no es retórica, pues la continuación del uribismo es la consolidación de un Estado delincuencial- la pasión -y la política- es necesaria.
    Si quisieramos terminar con la misma metáfora mockusiana, el filósofo candidato parece desconocer que ningún hincha quiere que su centro delantero meta un autogol en plena final y peor aún que lo celebre ante las tribunas desconsoladas.

    • Lo curioso es esa especie de ironía trágica en el accionar de Mockus. El tipo quiere a todas luces diferenciarse de las formas tradicionales de hacer política para poder plantar un modo nuevo. Sin embargo, todo esto no va a sino aumentar el apoliticismo que de por sí es alto y se expresa en los porcentajes de abstenci[on en las elecciones, a pesar de que en estas aumentó bastante respecto de las anteriores. Es decir, Mockus no sólo no va a dejar un piso desde el cual el siguiente o el mismo va a poder empezar a construir lo nuevo, sino que va a provocar una crisis profunda en la oposición al uribismo. Probablemente esa crisis no la pague el P. Verde, que está casi difunto después de esto, sino otras expresiones políticas, más serias digamos, como el Polo Democrático. Esa fascinación por no acceder al poder puede exasperar a más de uno.

      Saludos y gracias por el comment.

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